“Si sólo escribes sobre personajes que se te parezcan, no haces novelas, haces diarios encubiertos”

A sus casi 43 años, Lorenzo Silva compagina con mucha vitalidad y una permanente sonrisa su trabajo de abogado con la faceta de escritor, por la que es más ampliamente conocido. Ha sido asesor fiscal, auditor de cuentas, ganador del premio Nadal en el 2000, y también es padre. Vive con un pie en Barcelona y otro en Getafe, ciudad a la que se encuentra ligado desde su infancia, y que ha sido escenario de varias de sus novelas. Entre libro y libro aún le queda tiempo para dar cursos de literatura (como el que finalizó el pasado 9 de mayo en el Centro de Poesía de Getafe). A todo ello hay que sumarle el que, aunque sea a la carrera, encuentre hueco para concedernos una entrevista a las 21:51 de la noche. “¿Tienes medio de transporte?” “Pensaba volver en Metro…” “No te preocupes, te llevo yo y me haces la entrevista por el camino.” Eso sí, antes la llamada de rigor a sus hijos. “Espero que no te importe. Siempre los llamo antes de que se vayan a dormir”. Atardece en añil y malva en el Centro de Poesía de Getafe. A bordo de un nada modesto Volvo, Lorenzo Silva responde con naturalidad y confianza a las preguntas, sin apartar los ojos de la carretera y mostrando durante todo el trayecto esa sonrisa que parece ser una parte más de su rostro.
Son dos los libros suyos que han sido adaptados al cine, y en la actualidad es común la crítica a la literatura contemporánea en la que se le acusa de estar contaminada por el cine. ¿Diría que sus libros han sido adaptados al cine porque son muy cinematográficos? Bueno, yo creo que la literatura es más cinematográfica ahora que en el siglo XVII, lógicamente (risas). Tiene más peso el cine del que tenían a lo mejor la imagen o la ilustración. Y no sólo el cine, también determinado tipo de contenidos audiovisuales, que antes no existían. Pero creo que a fin de cuentas si alguien hace literatura es porque quiere hacer literatura, porque utiliza recursos literarios. Se dirige al lector y busca transmitir emociones, historias, personajes y demás con la palabra. Eso es lo que yo hago cuando escribo. Que me hayan adaptado novelas al cine no sé si tiene que ver con el hecho de que sean cinematográficas en sí mismas tanto como con el hecho de que alguien, que es quien ha hecho la película, ha visto una película en la historia. Yo, personalmente, creo que las dos novelas mías que han adaptado al cine no son precisamente las más fáciles de trasladar en imágenes. Son dos historias que yo concebí muy literariamente, donde el lenguaje tiene una importancia fundamental y donde hay un narrador en primera persona; continuamente estás teniendo discursos, que es algo muy poco cinematográfico. No sé, yo no rechazo la influencia del cine. Me parece que es un material más para el escritor, y a mí me interesa mucho. Pero sí es mucho suponer que, porque alguien escriba en el siglo XXI, ya no ha leído. Yo creo que la vida da como para ver películas y leer libros.
Teniendo en cuenta que se implicó más en la película de La flaqueza del bolchevique que en la de El Alquimista impaciente, con total sinceridad, ¿con el resultado de cuál de las dos películas se siente más satisfecho? ¿Cuál le parece mejor, no sólo como adaptación al libro, sino como producto cinematográfico en sí? Tú quieres que me pelee con uno de los dos directores, que son los dos amigos míos, además… (risas). Yo creo que son dos películas diferentes, dos directores diferentes; me resulta difícil compararlas. Creo que cada uno tiene sus virtudes, y también sus carencias. Yo en La flaqueza del bolchevique, quizá porque intervine en el guión y porque también es una historia más sencilla, basada en un par de personajes, pues a lo mejor veo más aproximación a lo que yo quise contar en la novela. En El Alquimista impaciente hay muchos personajes, es una historia más complicada, difícil de resumir en muy poco tiempo. Pero vamos, no diría que me siento más identificado con una que con otra, o que prefiero una a otra en términos cinematográficos. Siendo muy frío y muy numérico, las dos películas las calificaría con un notable, un siete con algo… que, por cierto, es como están calificadas ambas en el IMDb.
Antes, en la charla-coloquio, le han preguntado que qué libro de los que ha escrito cree que es más fácil de llevar al cine. Yo matizo la pregunta; si se le diera la oportunidad de llevar al cine alguno de sus libros, como director y sin límite de presupuesto, ¿cuál sería? Yo dudaría entre La sustancia interior o Carta blanca. La sustancia interior sería una enorme producción con un montón de personajes y una catedral con la que me gastaría un zurrón de dinero en reproducir, aunque fuera digitalmente; la verdad es que eso sería muy divertido para mí (risas). Y si no Carta blanca, que es una historia muy salvaje. No sería para todos los públicos, sería una película con la que mucha gente se saldría del cine, seguramente, pero me gustaría eso… rodar algo muy contundente.
Respecto a la crisis del cine español, ¿opina que la literatura española se ve contagiada por ella? Yo creo que la literatura española no está mal, quizá no es el Siglo de Oro, pero no está mal. Hay muchas cosas. Lo que a mí me preocupa de la literatura española es que veo el panorama un algo cerrado, y las cosas un poco inmóviles. Salen pocas voces nuevas, y las voces consolidadas en cierto modo son, o tienden a ser, conservadoras; quiero decir, son muy fieles a lo que ya han hecho. Yo veo poco riesgo, por lo menos para lo que a mí me gusta. Creo que cuando un escritor descubre algo está bien, pero no se debe quedar ahí, tiene que intentar descubrir más cosas y, a lo mejor, jugársela más de lo que se lo juega la literatura española.
Ha tratado un montón de géneros, tanto policíaco como juvenil, incluso infantil… ¿con cuál se siente más cómodo? Yo me siento cómodo con todos. Realmente si no, no los haría. Va por épocas. A veces cuando me meto en algo es porque es lo que me apetece en ese momento. Yo ahora estoy haciendo novela policíaca, que hacía mucho tiempo que no lo hacía, y me siento muy cómodo porque veo que ha pasado el tiempo suficiente como para poder hacerlo de forma diferente. Cuando termine esta novela lo último que me apetecerá será hacer una novela policíaca. Cuando acabe ésta haré cualquier otra cosa, de hecho tengo una idea. Me gusta mucho la Historia, también… pero me gusta mucho todo lo que he hecho. Realmente lo que no me gusta es lo que no he hecho.
¿No hay nada que no haya hecho porque no se atreviera? Porque no me atreviera… hombre, por ejemplo, con determinado tipo de ficción histórica, muy antigua, yo no me atrevo porque creo que hay que tener unos conocimientos que no sé si tengo, o que me costaría mucho adquirir. Luego hay determinados géneros para los que no me siento muy preparado…
¿Cómo cuáles? Ciencia ficción, fantasía… por ejemplo, las historia de amor yo siempre las mezclo con otras cosas; no puedo escribir un lovestory, a mí no me sale, yo tengo que mezclar otras cosas. No podría meterme tan directamente en una historia amorosa.
Al hilo de eso… ¿hay algún patrón que se repita en todas sus novelas? Porque las historias de amor, precisamente, parecen ser un elemento recurrente. Sí, pero nunca es una historia de amor, una novela de amor, siempre hay otros elementos. O la historia de amor aparece como algo accesorio, o la historia de amor no es del todo clara, o es una historia de un amor platónico, de un amor frustrado, o es un símbolo de otra cosa. Siempre está ese elemento ahí, porque yo creo que el amor no es sólo la pasión humana más extrema y más límite, sino que también cómo amamos y cómo desamamos dice mucho de cómo somos. Pero no me siento motivado como para hacer de eso el centro de la historia.
Quizá en La flaqueza del bolchevique… La historia de amor está ahí, pero es una historia de amor muy rara, una historia de amor no realizada, extraña, está mezclada con otras cosas. Es una historia de amor que en realidad habla, más que del amor, de la pérdida. De la pérdida en el más amplio sentido, no sólo de la juventud o de los ideales, sino de la pérdida en general. De cómo la vida es dejar de tener cosas que tenías, más que conseguir cosas, que es lo que a veces creemos. Yo creo que la vida es cosas que vamos consiguiendo, y alguna conseguimos, pero en muchos aspectos es ir perdiéndolas… La historia de amor en La flaqueza del bolchevique casi es como una especie de foco que ilumina ese mensaje. Es una historia de amor imposible, irrealizable, condenado a ser pérdida en el propio momento en que arranca. La historia de amor no tiene la entidad central de la novela, aunque sea un poco el argumento.
Con la trilogía de Getafe trata el tema juvenil… ¿le supuso alguna dificultad meterse en la mente de una mujer, y encima adolescente? Me supuso mucha dificultad, pero bueno, yo creo que de esas dificultades está hecho el trabajo del novelista. Si sólo escribes sobre personajes que se te parezcan, pues no eres novelista, eres alguien que hace diarios encubiertos. Yo creo que lo bonito precisamente de hacer novelas es jugar a adoptar puntos de vista que no son los tuyos, perspectivas que no son las que tú tienes. Yo escribí mi primera novela juvenil cuando ya era adulto y tenía 31 años, quiero decir, que ya empezaba a perder de cierto modo el contacto con la adolescencia. Y no quería perderlo del todo. Quería saber cómo está viviendo esto la gente que ahora está siendo adolescente.
¿Por qué una mujer, en lugar de un hombre? Una mujer porque me interesaba mucho esa perspectiva, me parecía que me aportaba más. Más capacidad de reflexión, más capacidad de análisis, más sensatez, más serenidad, a los 15 años, de la que a lo mejor habría tenido un chico. Y luego, pues porque un elemento muy importante de la adolescencia son tus relaciones con el otro sexo, y creo que la adolescencia es algo que siempre vivimos de una manera muy conflictiva y muy problemática, con una cierta angustia por el desconocimiento del otro. Esto era como una forma de desquitarme. ¡Pues ahora me voy a poner del lado de la mujer! Voy a hacer que ella sea la protagonista, voy a intentar pensar como pensaría ella. Superar todo eso.
Si tuviera que elegir, se consideraría mejor escritor ¿de diálogos o de descripciones? Pues en las dos cosas he currado mucho. Porque las descripciones me parecen importantes, pero creo que al lector de hoy no le puedes dar descripciones del siglo XIX porque no las necesita. El lector de hoy ha visto todo en la televisión, por lo que tienes que darle descripciones que subrayen más lo significativo, y no que sean muy enumerativas. Yo me las tomo con mucho cuidado; describo poco, pero lo que describo tiene para mí mucho valor, y los diálogos son para mí fundamentales, porque es el cómo los personajes se presentan. Me he esmerado mucho en el diálogo, quizá he trabajado más el diálogo que la descripción.
¿Qué cree que es más fácil de conseguir en el lector, la risa o el llanto? Los de verdad son igual de difíciles. Es decir, la sonrisa puede ser relativamente fácil, y la tristeza fácil también. Pero yo en el cine he llorado muy pocas veces, por ejemplo. Sí, me he podido entristecer, me ha podido parecer amarga una historia, pero eso es fácil. Sonreír, pues también. He sonreído mucho en el cine, pero es muy difícil reírte con verdaderas ganas. El llanto y la risa que realmente merecen la pena, y que son intensos y profundos, creo que son igual de difíciles.
¿Se siente orgulloso cuando un lector le dice “he llorado contigo”? Sí, la verdad es que sí. Me siento muy orgulloso de lo que la gente ha llorado con la Trilogía de Getafe, con lo que la gente ha llorado con la Nieve y la doncella, que muere un personaje, con lo que la gente ha llorado con La flaqueza del bolchevique… me siento muy orgulloso de eso, sí.
Por último… ha ganado un premio Nadal, ha quedado finalista varias veces de otros premios, ha conseguido que le lleven al cine dos novelas, cosa que aquí en España es bastante complicado… pero, ¿le queda algún sueño por alcanzar en su carrera de escritor? Sí, bueno. No es tanto los premios, o sea, los premios son muy gratificantes, y algunos incluso te ayudan a pagar las facturas y el colegio de los hijos, cuando los tienes, lo cual está muy bien, pero yo creo que la verdadera gratificación es dar con una historia con la que aciertas. Yo no sé cómo he acertado hasta la fecha, pero me gustaría acertar un poco más, más veces…
¿Cómo sabe cuándo ha acertado? Lo sabes porque cuando a un lector le gusta un libro, se lo apropia. Es así de simple. Cuando alguien realmente disfruta de una lectura la hace suya, y además, forma parte ya de su forma de ver la realidad. Ése es el triunfo de un escritor. El otro día me mandó un mail una chica que no conozco, y me dijo “pues te sigo leyendo, y si alguna vez ves por ahí un lugar en Internet que se llama reina sin espejo, esa soy yo”. Ese es el título de una novela mía, esa es una historia que yo he escrito, y esa mujer ha convertido eso en una parte de su realidad. Lo ha hecho suyo, ya no es mío. Es más de ella que mío. Ése es el momento en que triunfas con una obra literaria. Cuando la pierdes, cuando se la queda otro.
Lucía Cores Sarría
Flickan som lekte med elden, literalmente
Los grandes medios de la comunicación vienen desde hace tiempo despertándose con la frente perlada de sudor y el corazón acelerado a altas horas de la madrugada. El número de ventas en papel disminuye, y aunque el tráfico online sí disfruta de un moderado crecimiento, queda claro para todos que hay un buen pedazo de la audiencia que se pierde por el camino… ¿dónde están los niños de Hamelín?

